En los últimos días se ha puesto sobre la mesa la idea de que México avance hacia un modelo con mayor intervención estatal, algo así como un capitalismo con fuerte regulación o incluso un socialismo moderado. Como parte de la clase media que observa —y sufre— las grietas de un sistema desigual, me parece que vale la pena abrir este debate sin prejuicios.
Personalmente, no me parece descabellado que el Estado tenga un rol más activo para asegurar condiciones materiales mínimas, sobre todo en un país con tantas brechas como el nuestro. Pero creo que esto solo funciona si se establecen lineamientos claros, mecanismos transparentes y controles firmes para evitar lo que ya conocemos: los vicios de la clase política, la corrupción y el clientelismo disfrazado de ayuda social.
No soy un experto en teoría económica, pero como ciudadano veo que la idea de dejarlo “todo al libre mercado” ha traído avances, sí, pero también ha profundizado la desigualdad. La competencia sin reglas claras termina favoreciendo a los grandes jugadores y dejando fuera a millones que apenas sobreviven con trabajos mal pagados.
Para mí, la clave no está en elegir entre “Estado grande” o “Estado pequeño”, sino en exigir un Estado eficiente, que intervenga donde sea necesario, pero que no sea un obstáculo ni un cómplice de intereses privados disfrazados de bien común. Un Estado que fomente la iniciativa privada, pero que también corrija excesos y reparta oportunidades de forma justa.
México necesita repensar su modelo: ¿Más Estado? Tal vez sí. ¿Más vigilancia ciudadana? Sin duda.
El reto es diseñar políticas que funcionen en la realidad y no solo en el discurso.
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